¡LA ESPECIE HUMANA ESTÁ EN PELIGRO!

¿La ciencia y la técnica solo existen para explotar la naturaleza o también pueden hacerla florecer?

Por Valentin Cruz Turpo

Vivimos en una generación que consume sin medida, usa y tira, y no piensa en la belleza de nuestra casa común ni en las consecuencias que heredarán nuestros hijos. El Papa Francisco lo describe con precisión cuando afirma: “La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un depósito de porquería” (Laudato si’, 21). Es suficiente caminar por cualquier calle, ver las pistas llenas de basura, los ríos contaminados y el humo de las fábricas para entender que el ser humano quiere el progreso, pero no la responsabilidad. Por eso me pregunto si la ciencia y la técnica existen solo para sacar provecho de la naturaleza, o también pueden hacerla florecer. Yo deseo que la ciencia avance, pero sin destruir la biodiversidad ni la ecología. ¿Habrá una solución? El Papa advierte que “el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia” (LS 105). Es decir, sabemos inventar máquinas, pero no sabemos usarlas con sabiduría. No toda ciencia es mala; lo malo es usarla sin ética.

Ernesto Sábato lo expresó así: “El hombre es el primer animal que ha creado su propio medio, pero irónicamente es el primero que se destruye a sí mismo”. Y tiene razón: la ciencia y la técnica han avanzado como si no existieran las futuras generaciones. Solo se piensa en producir más, ganar más, ser reconocido, y se olvida que todo avance debería considerar el pasado y el futuro. Maquiavelo recordaba que “los hombres olvidan más rápidamente la muerte del padre que la pérdida de su patrimonio”, y eso refleja la lógica del hombre actual: solo actúa si hay interés inmediato. Muchos preguntan “¿qué gano?”, pero casi nunca “¿qué dejo?”. Sin embargo, el ser humano también es capaz de grandes cosas. La tecnología nos ha dado medicina avanzada, comunicación global y soluciones increíbles. El problema no es la técnica misma, sino el corazón con que se usa.

Creo que así como la ciencia destruyó partes de la naturaleza, también puede hacerla florecer. Propongo una reflexión: el humo que sale de las fábricas, ¿realmente no sirve para nada? Wikipedia define que “el humo es una suspensión de pequeñas partículas sólidas resultantes de la combustión incompleta de un combustible… un subproducto no deseado”. Pero si es un subproducto, ¿por qué no estudiarlo? ¿Por qué no transformarlo? Hoy existen filtros electrostáticos que capturan partículas tóxicas, torres que purifican el aire en ciudades y plantas que convierten el CO₂ en roca. Es decir, la idea de almacenar o procesar el humo no es absurda; la ciencia ya trabaja en esa línea. Lo mismo con la basura. En muchos lugares se entierra como si esperaran milagros. Pero ¿por qué no molerla, procesarla, transformarla? Hoy ya existen tecnologías como la pirólisis, que convierte plástico en combustible; la gasificación, que transforma basura en gas energía; y el reciclaje químico, que convierte residuos en nuevas materias primas. La ONU afirma que “el residuo es un recurso mal gestionado”. Es decir, no es basura: es ignorancia humana.

Mi preocupación, sin embargo, no es solo ecológica. También me preocupa el hombre mismo. Hobbes decía: “El hombre es un lobo para el hombre”, y la historia lo confirma. La tecnología creó maravillas, pero también bombas atómicas, armas químicas y máquinas de destrucción masiva. El Papa Francisco recuerda: “La guerra posee un instrumental cada vez más mortífero” (LS 104). Pero la tecnología no es mala. Dios creó al hombre con inteligencia, creatividad y capacidad de transformar la Tierra. Lo que está mal no es la máquina, sino la irresponsabilidad. Por eso concluyo que la ciencia y la técnica irresponsables destruyen, pero la ciencia y técnica responsables construyen, regeneran y protegen la vida. El problema es que muchos no cuidan porque “no les pagan”. Como yo digo siempre: si no hay sueldo, muchos se hacen chuecos. Por eso necesitamos autoridades que incentiven la ecología, que apoyen a los que trabajan por el bien común y que inviertan en soluciones reales.

Si seguimos así, dentro de 50 o 70 años el sol será más agresivo, el agua escasa y la naturaleza hostil. Quizá tú y yo ya no estemos, pero nuestros hijos sí. Ellos pagarán la factura de lo que hoy destruimos sin pensar. La Tierra puede vivir sin nosotros; nosotros no podemos vivir sin ella, como recuerda Leonardo Boff. Cuidar la casa común no es una opción: es un deber, una responsabilidad y un acto de amor hacia los que vendrán.

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